Incontables

El todopoderoso le ordenó forzar las barras del código. Una vez fuera, le puso delante de las narices una playa de arena blanca, blanquísima, con un mar transparente y unos cuantos cocoteros. El encarcelamiento no fue en vano, ahora era libre y con un panorama envidiable ante sus ojos. “Cuenta los granos”, pidió el todopoderoso. “No”, respondió. Ante la insolencia, el todopoderoso le envió a contar las cabezas de los imputados de aquel país.

Y regresó. Y agarró el primer puñado maldiciendo entre dientes.

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Divisiones

Nos dividimos en doscientas catorce partes.

No tienen zapatos, sí tienen zapatos.
No comen más de una vez al día, sí comen más de una vez al día.
Son los que limpian las calles, son los que ensucian la calle.
Son los que conducen un autorickshaw, son los que cogen el autorickshaw.
Son los que empujan, son los que son empujados.
Son los que esnifan cola, son los que proporcionan cola.
Son los que padecen, son los que curan.

Ciudadanos que piden, ciudadanos que dan.
Primera división, segunda división, tercera división.
Piramidal: vaca, mono, pájaro, gato, perro, ratón, lagartija, hijos del asfalto.
Son los que venden, son los que compran.
Son los que comen más carbohidratos, son los que comen más proteínas, son los que no comen nada.
Son los colonizadores, son los colonizados.
Son los globalizados, son los glocalizados.
Son los que están escuálidos, son los que sufren obesidad.

Nos dividimos en doscientas catorce mil partes.
En sonido de tambor y estruendo de petardo.
Son los que alimentan a la rueda, son los que fabrican la rueda.
Son los que miran con cara de pena, son los que dan pena con solo mirarlos.
Son el corazón por formar dentro de un vientre debajo de un puente delante de mí.
Y la división que existe entre sus huellas y yo.

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Rito: Juggling Tajlocura Maha(ra)l

El Taj Mahal está en Agra. Agra está en India. La crónica empezaría así para alumnos de niveles iniciales de español. Yo estoy en Agra. Supongo que para la mayoría de los mortales este edificio supone una tachada en el bucket list (odiosa combinación de palabras) de edificios estupendísimos donde sacarse una foto. Pues por fin pude verlo y quitarme ese peso de encima. Me gustó más de lejos, para qué engañarnos.

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Hordas de indios esperan para entrar. A los extranjeros, con billete 50 veces más caro, nos ponen una cola secundaria.

Juggling antes del trayecto.

Juggling antes del trayecto.

Y podría hablar de los materiales del Taj Mahal, del emperador que lo construyó y de por qué está en Agra. Pero no haré nada de eso. Simplemente les contaré la historia de mi regreso a Nueva Delhi. Hay historias tristes, otras simplonas, aquellas que enternecen al corazón más duro y algunas increíbles. Todos tenemos historias y a veces aburrimos al personal con tanto bla-ble-bli-blo-blu. Entre Agra y Delhi hay unas dos y media de trayecto. He aquí otra historia más.

15:40. Espero a un autobús que no llega. Después de largas conversaciones con el chófer, sé desde dónde parte mi autobús.

16:00. Un autorickshaw me lleva a la estación equivocada. Me quiero cagar en su puta madre pero ya se había marchado.

17:00. Después de una hora dando vueltas, llego a la Western Gate del Taj Mahal para coger el supuesto autobús. Ese autobús no existe.

17:15. Totalmente desesperado, mando a la mierda a varios vendedores de Taj Mahales en miniatura. Corro por una calle llena de autobuses cuando un tipo aleatorio me agarra del brazo y me pregunta si soy yo la persona de la reserva on-line. “¿Eres tú el de la reserva on-line?” “Sí, cojones”. Lo sigo y me lleva a un autobús en marcha. Subo.

17:45. El autobús se para antes de salir de Agra. Me doy cuenta de que me meo. Bajo, le digo al chófer que voy a mear, que me espere, que por Shiva, Vishnu y Brahma no me deje allí tirado. Llego a un canal donde los indios tiran las aguas fecales y se paran de pie a mear.  En el trayecto piso una mierda (presumiblemente humana) del tamaño de mi cabeza. Me gritan desde el bus. Me limpio como puedo con papeles del suelo. Subo al bus. El tipo de mi derecha da un respingo con la nariz. Huele la caca.

18:15. Media hora de placidez. Mis pertenencias incluyen un teléfono móvil, una cartera y el libro La vida privada de los árboles (muy recomendable). Acabo el libro. Pienso si los personajes mueren al cerrar las páginas porque no sé qué habrá sido de la protagonista. Caigo en un sueño liviano.

19:30. Una algarabía de voces me despierta. El autobús está parado. Un gurú sube y suelta proclamas. No sé dónde estoy. Los indios repiten, alaban a Krishna, aplauden, estoy en Mathura, el pueblo donde supuestamente nació Krishna. “¿A dónde va la gente?”, pregunto. “Al templo, a dar una ofrenda a Krishna”. Me bajo. Les sigo. A mí Krishna no me deja entrar.

20:30. Tengo hambre. Solo he comido una especie de empanadilla durante todo el día. Con todos los pasajeros a bordo, el bus arranca. Al cabo de seis minutos, paramos en otro templo. El mismo gurú se sube y vuelve a invocar mil dioses. Los pasajeros se bajan con él. Yo también, todo está perdido.

20:45. Paseamos a oscuras a través de las calles de Mathura para llegar a este segundo templo. De camino, una hilera de mendigos, mutilados, viejitos y enfermos agitan platos de metal para llamar a la limosna. Sigo caminando. Antes de quitarme los zapatos, noto una plasta debajo de mi pie derecho. Segunda mierda (presumiblemente animal), segundo pie.

21:00. Me meto en el templo. Un tipo subido en un pedestal agarra una cortina con actitud de prestidigitador. De repente, destapa la tela y media docena de dioses posan para los creyentes. De las paredes cuelgan placas conmemorativas de gente muerta. A cambio de una bolsa de caramelos, cada indio comienza su ofrenda: 100, 200, 500 o 1000. ¿Alguien da más?

21:30. De vuelta al autobús, compro unos crótalos. ¡Chin, chin, chin!

22:00. Ahora parece que por fin ponemos rumbo a Nueva Delhi.

22:30. El autobús vuelve a pararse. Hora de la cena. El camarero que nos trae la comida se resbala con la tierra mojada de la terraza. Un amago, dos amagos y finalmente el tipo cae de culo. Las lentejas salen volando. Todos ríen. Yo miro mis zapatos llenos de mierda y pienso que mi situación tampoco es muy esperanzadora.

23:00. El autobús arranca. Delhi está más cerca.

23:40. Me despierto en medio de gritos, llantos y juramentos. El autobús se para. Los hombres salen a la carretera. Accidente. Otro autobús yace volcado, cristales rotos, reguero de sangre. “¡Agua, agua!” Salgo corriendo hasta mi asiento, número 21, cojo la botella de agua, la llevo lo más rápido que puedo. Hay zapatos sin pies y en medio de todo el enjambre, una mujer grita al cielo con la voz despedazada. En sus brazos lleva un bebé con los parietales teñidos de rojo. Hay luces rojas, luces azules. Sangre roja, sangre azul.

00:10. Policía, ambulancia, noche cerrada y autopista. “El trayecto son dos horas y media, máximo tres”, repito. Miro atrás. “Un día un poco extraño, ¿no?”. Mi compañero de asiento responde: “Sí, un día extraño”.

02:20. Vislumbro las primeras luces de Nueva Delhi.

03:15. Llego a la terraza. Enciendo el último cigarro.

Yo estaba en Agra. Agra estaba en India. Y todo lo demás pasó.

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Revelación

Es cierto.

La primera cosa que me propongo nada más despuntar el día es hacerme la vida imposible.

Ingiero tres botes de bicarbonato,

cáscaras de plátano, leche agria, manzanas podridas,

pelos que derrapan en la taza del váter, cagadas de paloma,

colillas plantadas en una maceta estéril, platos sucios de hace no sé cuántos días,

retratos ensombrecidos con algún tinte de pelo,

caretas, más caretas.

Luego todo se suaviza

y paso a las pestañas en llamas de tu mirada cuando me cuentas lo que has hecho un domingo cualquiera.

Es cierto.

En momentos de revelación lo mejor es dejarse cegar.

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solucioñé

A veces las soluciones pasan por el centrifugado de los sueños.

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Conexión Gautama

Wassap y Buddha.

Wassap y Buddha.

¿Qué pasa, niñooooooo? ¿Entonces qué? ¿Lo de mañana sigue en pie, no? Vale, loco. Nosotros llevamos los hielos. ¿Hace falta algo más? No, que va, no creo que llueva. Si me dijeron que iba a hacer bueno… Eso nada, si cae algo seguro que son cuatro gotas que el monzón ya pasó. ¿La comida? Tú ya sabes, nada de cerdo, nada de pollo, nada de cordero. ¿Karnapa quedó en traer las cebollitas? ¿Que no viene Karnapa? ¿Por qué? Este hombre está flipando… Mira que le dije “colega, esa puta mierda no está buena” y él venga y dale y otra y así hasta la madrugada. Tanto rezo, tanta hostia y al final se pierde la barbacoa. No, nada, ahora estamos en Manali esperando a que nos traigan la comida. Tengo al colega aquí, enganchado al wassap. Oye, tú, que dice este hombre que “saludos”. También pa’ti. A las nueve de la noche tenemos el jeep petadísimo de gente. Pues bien, tú sabes, verdades kármicas por doquier en un valle con lluvia horizontal circundado con cataratas celestiales. Que nos vemos mañana, cabronazo. Cuídese y vaya por la sombrita.

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RITO: Arrancar la púa de un cactus

Crecían un centímetro al año hasta los doce metros de altitud. Acaricié el pelaje, rebotaban las yemas de los dedos, susurré a las púas para arrancar una y no pude. Ellos resisten la altitud, la sal, los flashes, idiotas, caminos, pajarillos, lagartos, corales disecados de un mar interior, corales disecados que parecen reír sin dientes, corales disecados que no pertenecen a los guías por mucho que estos quieran. ¿Quién era yo para alterar el equilibrio? No recuerdo muy bien el año, pero en algún momento de la vida me vi pidiéndole una púa a un cactus. Después de recordar todo aquello me abrí en canal y me senté a la derecha de un indio que me escupió el pliegue del pantalón.

Salar de Uyuni. 2009 (?)

Salar de Uyuni. 2009 (?)

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Lonely planet

Lógica aplastante, épica de sacacorchos: Lonely planet apareció y el planet dejó de estar lonely. Y se creó lo que conocemos como itinerarios. Algunos pueblos recónditos, bendecidos por el aislamiento geográfico y la inalteración de siglos, murieron de tristeza al conocer que jamás serían dignos de mención en las rutas turísticas, las recomendaciones de los hostales y los planos del país. Otros pueblos recónditos, bendecidos por sitiarse bajo las faldas de un espectáculo natural, cerca de las ruinas de una civilización antigua o en las alturas de algún puerto de paso, aplaudieron con tesón la aclamada aparición del mundo solitario.

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Smartphone

La la la, la la la, la la la la laaaaaaa.

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Rito: La vaca

La vaca simboliza la madre. En los Upanishads (los 200 libros sagrados hindúes que datan del siglo VII a.C.) la riqueza se medía por el número de vacas que cada cual poseía. La vaca no debe ser asesinada porque ofrece generosa y dulcemente todo lo que el ser humano necesita sin pedir nada a cambio. De acuerdo con Álvaro Entrerría en su libro India from within, cuando decimos “vaca sagrada” estamos cometiendo un error de comprensión. “En la cultura occidental existe la dicotomía entre lo sagrado y lo profano, siendo esta muy marcada”. Sin embargo, en la cultura india, todo objeto viviente es en cierta manera sagrado. La única diferencia que existe es el rango de lo que se considera sagrado.

La vaca gibada que ríe.

La vaca gibada que tira de un carro.

La vaca podría ser el animal rey, aquel que ocupa la cúspide en la jerarquía sacra, aquel cuyos productos son puros, aquel que cuando ve acercar la muerte, se le deja libre para que muera en paz. El canibalismo hindú incluye también a las vacas.

Razones de peso no faltan si acudimos a la métrica economicista. Las vacas valen más cuando están vivas que cuando están muertas. Siempre habrá el pseudo-ignorante afirmando “joder, con la cantidad de hambre que pasan estos pobres escuálidos y tienen vacas sueltas por todos lados”. Pues bien, de la vaca sale leche, de la leche sale yogur, de la leche sale queso, la vaca tiene fuerza, con la fuerza se aran los campos, donde la vaca echa mierda, de la mierda combustible, del combustible se desprende energía, la energía se usa para hervir la leche, de la mierda sale adobe y del adobe se construye el techo. La vaca, queridos amigos, sonríe mejor cuando está viva.

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