Cortar por lo sano

En la celda contigua, una treintañera delgada con los pómulos marcados gritaba desaforadísima y poseída por los sudores: “¡Quiero mi metadona! ¡Quiero mi metadona! ¡Señor, mi metadona, que si no me pongo malita!”. Ella en realidad quería cortar con todo aquello, cortar por lo sano tajantemente, cortar todo vicio y luego todo síndrome de abstinencia. Y por eso los motivos que la llevaron al agujero fueron las incisiones limpias con un cristal en el cuello de su pareja, treintañero delgado con los pómulos marcados. El cuello, digamos, era lo único sano que se podía cortar.

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Las tallas de la ciudad

Talla sobre mis yemas las salamandras de la noche
que suben y atrapan los mosquitos con la boca

sobre los cristales de polvo

sobre la faz de la ciudad contaminada

sobre la mortandad de los cuerpos que se envuelven con sábanas

y que devuelven la mirada de alguien menos vivo que yo.

Talla sobre mis pómulos la viruela endemoniada
que no para de hacer presencia en otras caras

sobre el vagón donde las mujeres viajan

sobre la pregunta en hindi con respuesta errada

sobre la gravedad de las higueras que se envuelven con el tráfico

y que devuelven el olor de un verano más vivo que yo.

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Cemento mori

Alguna vez el tiempo será como cemento que nos caerá encima. Entonces nos quedaremos en la postura última de nuestra vida: postrado en un sofá con los dedos deslizándose por la pantalla, en posición de flor de loto recitando un mantra, catapultados desde el tercer piso para acabar ensartados en las rejas que protegen la casa. Y nos señalarán con el dedo. Y dirán que éramos unos cobardes. Y el cemento se volverá verde. Y ya está.

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Los mares se convirtieron en sosa cáustica

Los mares se convirtieron

en sosa cáustica, en aros de cebolla,

en especia infinitesimal,

en carcomido trono de un rey sin piernas.

Y rugió de sus mareas

la poesía olvidada que

rescató ritmos de otras etnias

y casas en los árboles.

Dejó que los versos

se dedicaran a nadie

y abrumado por el paso del tiempo

el mar oxidó los recuerdos.

La sosa cáustica fue engullida

por refugiados de guerra

la cebolla caramelizó un aro de baloncesto

y la especia se espolvoreó

en el trono carcomido de un rey sin piernas.

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Tápate ojos, narices, tres monos

Tápate ojos, narices, tres monos

que suben la tapia, arramblan con todo

y miran atentos cigarro que fumas

y comen dispersos mirando a las ramas

y ríen colmillos en lengua de monos.

Tres monos de furia con ojos de noria.

Tres monos cojos, cegados, historia.

Érase una vez el dios mono que ayudó al dios ratón que ayudó al dios colibrí que ayudó al dios tejón.

Mientras las aceras desprenden

leprosos,

gangrenas,

olor a podrido.

Inciensos al viento, olor a divino.

Vete niña,

a pedirle al extranjero.

Vete niña,

y no toques agujeros.

 

Tápate ojos, narices, tú no quieres verlo

baldosas en llamas con rabos y cuernos.

La plaza rebosa de algunas miserias

tú tapas los ojos, no son cosa seria.

Ahí viene la india que te pone henna

Tú dices que no, que no, que no,

y viene el que te vende un juego de manos:

Tú dices que no, que no, que no,

y viene la mano puesta en un cuenco:

Tú dices que no, que no, que no.

Vete tú, niño, pídele más.

Y entonces te tapas los ojos, narices, tres monos

que ingieren más vitaminas 

que los niños desnudos de la plaza.

 

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Rito: Juggling Bahai

¿Qué pasaría si solo hubiera un dios y sus representaciones progresivas se cumplieran por orden cronológico en una sucesión de personajes históricos tales como Moisés, Zaratustra, Jesucristo, pasando por el bueno de Mahoma hasta llegar al señor Bahá’u’lláh? Pues no pasaría nada, pero la interrogación retórica interminable se me planteaba como una manera sencilla de explicar el bahaísmo.

Inmortalizado por un indio.

Inmortalizado por un indio.

 Estamos ante un dios progressive, con sus ideas universales de justicia, un sistema más o menos fiable en cuanto a la economía y su Meca particular en Haifa, Israel. Sin embargo, las casas de adoración bahaí están repartidas por el mundo. Aquí me encuentro en el Lotus Temple de Nueva Delhi, una creación psicodélica del arquitecto Fariborz Sahba que atrae a 3’5 millones de turistas al año (entre los que me incluyo).

En esta ocasión, el rito iniciático es un contrarrito. Una de las normas más extrañas que siguen los fieles de la fe bahaí es la de no afeitarse la cabeza ni tampoco dejarse pelos en el lóbulo de la oreja. Lo primero ya lo he incumplido. Para lo segundo estoy esperando a inyectarme hormonas homohominilupus.

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Apología del idiotismo

 

 

 

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Seguridad absoluta

En algún lugar de Lituania, alguien pensó en las generaciones futuras.

En algún lugar de Lituania alguien pensó en las generaciones futuras.

Algún día no muy lejano

nuestros hijos

y los hijos de nuestros hijos

y los hijos de los hijos de nuestros hijos,

preguntarán a otros hijos

qué tal les fue el día.

La respuesta será escuchada por gacelas,

tucanes

y gusanos,

quienes, con cara de estupor

se extinguirán mirando al cielo.

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Rito: Patos de goma en el Partenón

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Como parte de un viaje que me llevó por el sur de Europa a principios de 2010, patos a 50 céntimos de euro se presentaban en un supermercado griego. No me olvido del Pathos, del Ethos, del Partenón reconvertido en guarida para jóvenes donde el rito iniciático consistía en emplazar tres patitos de goma para que se partieran de risa. ¿Cómo se ríe un pato? ¿Patos que presentan patologías?

No me olvido de los oradores que procrearon las ideas, pues “considerad vuestra ascendencia, valientes, no habéis nacido para la vida animal, sino para adquirir virtud y ciencia”. Los patos se parten y reparten goma porque su composición de petróleo será más perpetua que las columnas dóricas. Se ríen los patos porque han descifrado la voracidad de los hombres, porque entre tanta gran idea solo quedan los restos de la civilización.

“Esta construcción es uno de los ejemplos más claros del saber en geometría por parte de los matemáticos y arquitectos griegos. Es octástilo y períptero –que tiene columnas en todo su perímetro–, ocho en las dos fachadas más cortas y 17 en las laterales. Consta de una doble cella con pronaos y opistodomo, pero con próstilo de seis columnas”.

¿Hemos pronunciado “doble cella con pronaos y opistodomo”? Los patos se ríen. 

 

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Un bostezo infinito

Vengo de un mundo donde las falacias resbalan con cáscaras de plátanos.

Vengo de un mundo donde la televisión exporta maniquíes embadurnados con aceite y brillantina:

los maniquíes hablan y caminan

pero la retina sigue siendo de plástico.

Vengo de un mundo hueco y voy a otro henchido con el humo de una central termoeléctrica.

Vengo de allí, donde la raya del horizonte es una línea discontinua,

donde se posan pájaros sedientos y beben del mismo mar que te ve mover los pies.

 

Ven y te muestro.

También advierto.

El viaje desde allí tiene el precio más alto que cualquier individuo puede imaginar:

un bostezo infinito.

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