Rito: Joan, 730 días

Han pasado 730 días desde que saliste escopeteado del vientre. Eras el primer habitante del futuro, un hoyuelo en la genética que me dejó boquiabierto. Desde que llegaste yo no he parado la metamorfosis. Tú no has parado la metamorfosis.

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Joan. Varanasi. Casi dos años.

En 730 días caben miles de cosas. He aprendido cómo ser el home més fort del món. El tobogán quema, el limón es agrio, la pimienta pica. Si te da fiebre, aumenta mi preocupación que se desvanece cuando sonríes. Te volteas en Barcelona, te arrastras en Tenerife, gateas sobre Estambul, saltas en Varanasi. Tantos kilómetros sin protestar, ahora tren, ahora rickshaw, miles de cometas vuelan y tú comes arroz, legumbres, todo lo que te echen, comes fideos chinos, comes pescado, no protestas porque quieres estar grande y a la hora del bibi duermes abrazado a un oso letón. En definitiva, creces.

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Joan. Estambul. 3 meses.

En 730 días has aprendido a contar bir iki üç dört bes, alumbrado por la estrellita sobre el mar. Te llevo en mi bicicleta, vas al templo, saludas a la vaca de mármol blanco, te tocas la frente y te tocas el pecho, un namaste y otro namaste, pones las manos pegadas, agarras el patín y sales disparado en una cancha que supone la inmensidad del mundo. En 730 días ves las pirámides de Giza, señalas la Osa Mayor, le dices “guapa” a la luna y sonríes. Nunca dejas de sonreír, aunque tengas pupas y el remedio sean cuatro “sana sana, culito de rana”. Tocas la tierra como el primer bebé del mundo y haces torres monumentales con los legos. Quieres aigua freda, porque el agua del tiempo no se puede beber en India. Me enseñas un idioma desconocido y zarandeas mi letargo de los días.

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Joan, Barcelona. 3 Semanas.

Días contigo: setecientos treinta. Con todos sus segundos y todas sus distancias, con papaya cortada a taquitos, el chocolate es para los grandes, Joan toma yogur o plátano, la luz es cálida en el salón y quieres ir a tender con Shanti la ropa a la azotea, te pongo la gorra de Snoopy y das cuatro saltos antes de salir por la puerta, así, sin pensarlo, como un niño tocado por la varita de Nietzsche o por el narrador extradiegético de Peppa Pig. Duermes a mi lado mientras yo devoro un libro tras otro, pero duermes, como si tú también leyeras historias del imperio chino o alguna batallita de Hemingway. Se hace el silencio y tu respiración me deja también dormido.

En 730 días, pongámoslo de este modo, te he querido con tanta fuerza que me duelen hasta los tímpanos.

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Rito: Transportes Malayalam

De una cosa a la otra, de la otra a la otredad, de la otredad al desamparo, del desemparo al sueño, del sueño a la risa, de la risa al rickshaw, del rickshaw al tren, del tren al rickshaw, del rickshaw al bus, del bus a la iglesia, de la iglesia al malayalam, del malayalam al tamil, del tamil a la guerrilla, de la guerrilla a la camiseta del Che, de la camisa del Che a la piel oscura, de la piel oscura a la barca, de la barca a las redes, de las redes a la langosta, de la langosta a la boca, de la boca a los sonidos, de los sonidos a la caca, de la caca al pañal, del pañal al cubo ficcional, del cubo ficcional al cubo real, del cubo real a la reina de las cobras, de la reina de las cobras a los dedos de gamba, de los dedos de gamba a los cachetes indios y más o menos todo circula como el agua con grumos, las cabezas se agitan, afirman, claro que sí, cuanto más adelante avances, mucho mejor. Te sacan todas las fotos posibles porque eres un blanco fácil, porque tienes los hoyuelos donde pellizcan los dedos que tienen cabeza que tienen lenguas que hablan en malayalam.

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Con el coleguita de paseo.

 

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¿Sueñan los androides con autobuses sin ventanas?

 

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Esperando al tren en Ernakulam

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Rito: Juggling Malabar Coast മലബാർ തുറമുഖം

La madre que me parió. He cumplido uno de los hitos más importante que componen el Juggling the Casbah. Lo denomino Casbah o Kasbah o Qasbah o Qassabah porque la palabra en sí me gusta, nada tiene de contenido religioso ni esotérico. Me recuerda a la ciudad de Chef Chaouen, a las estrellas y a las enormes piedras de hachís. Al grano, en el mundo hay nombres de muchas cosas, de muchos sitios (Malayalam: മലബാർ തുറമുഖം). Todo eso es demasiado obvio. He llegado al nombre para malabarear. He llegado a la costa Malabar para hacer Malabares. Aquí es cuando entro en un bucle lingüístico porque la costa Malabar se denomina Malabar en malayalam, idioma que a su vez es una palabra palíndroma, o palíndromo, o para que lo leas al derecho y al revés. Si malabareo en malabar y no me mareo, bareo la mala raba que labreo. Estoy definitivamente en el bucle malabar. Cuando tiré las cuatro pelotas al aire en la malabaridad de Malabar pensé en hacerlo con cuatro cocos, pero mejor así, con el atardecer, rock the Casbah, rock the Casbah.

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Rito: Comunismo malayalam

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Jujino, yo, Fidel Castro y Che Guevara en el suroeste de India.

Malayalam es la lengua.
El comunismo permitió en Kerala el descenso de la tasa de infanticio hasta límites impensables.
En Kerala no hay niños mendigando, por lo tanto, a veces parece que no es India, la India de las grandes aglomeraciones, sino una Little Tropical India.
Kerala supone un hito en la gobernabilidad de los estados indios, participación elevada, conciencia obrera, Kerala para el viajero occidental supone un alivio, estar en una casa colonial rodeada por cocoteros.
En Kerala hay pósteres de Fidel Castro y del Che Guevara.
Pueblan las hoces y los martillos y los cegatos que ven rastrillos de babas de caracol.
Pueblan los caracoles gigantes y las garzas y los mirones en todas las playas.

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Hombre con lungui y la hoz y el martillo.

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Commie flag.

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Rito: Crawling in Varanasi

He aquí un templo diminuto como el tamaño de una semilla, que contiene a su vez los pasos de tantos otros, donde ahora gatea Joan como si no hubiera mañana (¿hay mañana?), como tantos otros bebés que gatearon en las mismas baldosas. Después se para el santón para emitir unos sonidos de gato o de serpiente o de urraca. Joan lo mira y quizá dice “papapa” y sigue con el rito de gatear hasta infinitésimas partes de la baldosa, peinando el terreno y recogiendo las motas de polvo que ofrece como ofrenda a Ganesha o quienquiera que sea el dios de turno.

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El rito está claro: Joan gatea sobre las primeras baldosas de Varanasi.

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Un día en el museo

Hay un museo. Hay un alma con una vela que dijo: “Me gusta comerte”.

El alma trabajaba en un museo y tenía una escoba que, de repente, salió de un espejo. Entonces adquirió la forma de una máquina que llevaba ropa formal. Los visitantes del museo empezaron a correr.

“¡Nos quiere comer!”, dijeron los visitantes.

Después de este incidente, una lechuza grande llegó y robó el tiempo del mundo. Todo el mundo tuvo muchísimo miedo. A las doce y veinticinco de ese mismo día, una persona muy mayor que llevaba una barba muy larga, hizo entender a los visitantes que debían estar en calma.

Finalmente, este señor mayor repartió dinero a todos los visitantes para que fueran felices.

El rey insecto circular

Por la noche, el faro bailó en una ola. Parecía muy interesante porque los pescados de oro también bailaron con el faro. De repente, un pájaro vino desde el cielo y se comió uno de los pescados de oro.

De esta manera, el pájaro obtuvo el poder mágico y se multiplicó en miles de millones de billones de trillones. Después, todos estos pájaros comenzaron a seguir al hombre paraguas. Más tarde, de camino a casa, un gato persa de cola espinosa y su amiga la serpiente advirtieron a los pájaros de oro.

“No puede ser”, dijo el gato persa.

“Es perfecto para mí”, dijo la serpiente.

Poco tiempo después, los pájaros llegaron a la coronación del rey nuevo, que fue un antílope muy viejo. Los pescados eran los soldados del rey y muchos de ellos murieron en la guerra.

Al final, los pescados que sobrevivieron eran aliados de unas setas. Estuvieron hablando sobre derrotar al rey antílope. Ellos querían otro rey: el rey insecto circular.

Caracoles modernos

(Cuento cooperativo a partir del trabajo de los alumnos de español de la Universidad de Varanasi)

Un día, un caracol moderno salió del estanque. Tenía una amigo que era un alien. El alien llevaba ropa de patata. Tenía una nariz muy larga. Después de una hora, vino otro alien que tenía una cabeza de rana. Más tarde, vino una abeja y el alien-rana la agarró.

¡Oh no! Un erudito de investigación de alto nivel por error los explotó con una bomba de metano. La sangre de los aliens era dulce porque en algún punto comieron abejas. Cuando explotaron, una rata que pasaba hizo una tarta con la sangre de los aliens.

Todo fue muy monstruoso. Entonces, un zorro apareció y preguntó:

“¿Alguien necesita un huevo?”

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