Rito: Érase una vez la dinamita

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En la sala azul del ayuntamiento de Estocolmo los asistentes acuden a llenar el gaznate. Comen contagiados de éxtasis, de ilusión, de esperanza, pero también sienten frustraciones, envidias, acidez estomacal. Alfred Nobel quería limpiar el nombre que le ligaba a los primeros explosivos militares que no dejaban humo. Limpió la conciencia, la enjuagó bien, ¿quién quiere ser recordado por la humanidad toda como un mercachifle de pólvora sádica? Estuve en esa sala azul (Blå Hallen) y pensé en la dinamita. Vivimos en un mundo tan caótico, que aquel que inventa material para matar pasa a la posteridad con premios que jamás reciben las víctimas.

Recordé a García Márquez y de cómo el genio compensó todo el tratado de la muerte: “[…] En cada línea que escribo trato siempre, con mayor o menor fortuna, de invocar los espíritus esquivos de la poesía, y trato de dejar en cada palabra el testimonio de mi devoción por sus virtudes de adivinación, y por su permanente victoria contra los sordos poderes de la muerte”. Y aquí estaban los sordos poderes de la muerte, mostrados a través de explosiones desenfrenadas y la virtud de quien espera encaminarse hacia la rendición de un modo u otro, ya sea con obras caritativas o con premios a los bardos del mundo nuevo.

Pero, ¿Por qué diantres estoy yo en este sitio? Con motivo del recibimiento a los alumnos internacionales en Estocolmo del semestre de primavera tiene lugar una ceremonia de bienvenida (eufemismo de vamos a comer gratis si podemos). Yo camino por la sala, subo unas escaleras, me dan pollo hervido con pasta y algún queso cremoso. No hay vino. Me hubiera gustado saber la cara que habría puesto el señor Alfred.

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Rito: La Guerra

Sobre la política pienso cuando no queda nada más que pensar.
Sobre la guerra pienso cada día.

De acuerdo con el antropólogo Marvin Harris, la guerra es un ritual establecido para el control de la demografía en algunas tribus amerindias y papúas. Los maring, por ejemplo, son la comunidad que practica la guerra como medio para controlar la deforestación y el avance de los enemigos. La guerra es un controlador de cuerpos, un tamiz por donde pasan unos con más fortuna que otros.

Mi empatía se desvía al reguero de guerras que el mismo imperio ha plantado a lo largo de más de un siglo. Guerras desiguales, guerras de guerrillas, la bandera de Mozambique lleva una AK-47, guerras de casinos, guerras con espías, Snowden está fugado con un par de dispositivos de almacenamiento muy valiosos, guerras internas, guerras interpersonales. Ayer, en el grito de guerra escuché a personas que hablaban en somalí. ¿Qué será Somalia en la mente de los somalíes exiliados? ¿Una ilusión descontextualizada?

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Quizás el primer contacto real con la guerra lo tuve en Kosovo 2010. Ayudamos al prójimo por la expansión tribal de sus congéneres a cambio de unas reservas de coltán, hierro, posición estratégica, y yo soy un salvador y mi nombre es Bill Clinton. Aunque no se aprecie en la imagen, lo que suena en la flauta es El Carnavalito, canción popular boliviana. En Pristina, al decir que tenía pasaporte español, la tribu me pidió explicaciones de por qué nuestro gobierno no reconocía a los kosovares como estado-nación legítimo. Yo pensé en la estatua de Clinton de nuevo y en lo tontaina que se había puesto el mundo desde que la guerra no se usaba para el control forestal.

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Everybloodyneedssombloody

A todos los vampiros.

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Incesante

Tendrá que ser incesante
vivir dentro de un mar
donde las olas y la marejada la conforman los segundos.
El cambio, querido Heráclito, eres tú.
¿Cuánto de incesante es la mecedora que fabrica el viento con las ramas de los árboles?
¿Cuántos más podrá durar?

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Desviación

Acaso la desviación de un mal sueño es lo que nos vuelve a poner sobre los raíles.

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dólares namibios, talas samoanas

No hay divisas en el mundo
para pagar todos los males,
las acusaciones
los fraudes
los daños colaterales
las quemaduras leves, graves, de primero y de segundo y hasta de tercer grado
las tomaduras de pelo,
ambigüedades, mentiras, injurias
calumnias, insultos, difamaciones
que día tras día proferirás
en posesión de una verdad esgrimida.
Los bolsillos los tengo vacíos y las casas de cambio no me dan ya
nada
de
nada
por dólares namibios o talas samoanas.

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El don y el látigo

-Sí, ahí está. Tiene un látigo de siete puntas con el que golpea las nalgas. Y a los héroes y también a los errores. Para este látigo no existe ningún don, más bien un dónde usarlo cada vez que le plazca. Toma el látigo y no se autoflagela, aunque Capote hubiera estado orgulloso. Él no lo hace. Simplemente coge el látigo y va a fustigar el culo de las estatuas.

Ahí está, recién salido del loquero, con un puerro de siete puntas en la mano golpeando todos los culos de metal que se cruzan en su camino. El puerro, obviamente, se acaba desintegrando. Pero él está contento, piensa que por hoy ya ha cumplido su cometido.

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Parálisis

Estamos sometidos a una parálisis constante. No puedo dormir, no puedo despertar, no puedo pensar, la cabeza duele, la tripa suena, el arco se tensa, se tensa la cuerda, disparan las flechas, chamuscan la carne, penetran los cuerpos, duermen elefantes, atisban la tierra, arrastran los pasos, meriendan la cena, calculan atajos, aciertan de pleno, tantean el plano, revientan de lleno, descosen el manto, figuran la vida, socavan los ojos, restriegan la muerte, afinan cigotos, escaman kilates, acechan bombillas, reflejan las caras en las ventanas opacas del metro de Estocolmo, esperando tal vez a que alguien les pregunte qué lenguas hablan o cómo sobreviven al frío si vienen desde Somalia.

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