El osario

Solo resta el descanso
y si acaso el goteo de los tamarindos
los niños tiran una piedra y otra piedra
y cae la vaina loca
y la ardilla se dispara
y un cerdo se encuentra con cabras.

Me cuesta deshacerme de las ciudades
y de los mandatos originales que me lanzaron nuevos dioses.
Dominio del exterminio.
Cruzada de las atenciones.
Ya no existe línea divisoria entre las aspas de los molinos.

En mi pared hay una contraseña escrita en un papel
dos números de teléfono
una lista de hospitales
las respuestas de mis exámenes
un mapa de la India
la invitación a la fiesta de la embajada.

Voy despegando cada papel en busca del sustrato que pueda haber debajo.
Y no encuentro nada.
La casa se empieza a vaciar como un osario
donde la vida se resume en los primeros pasos de mi hijo.

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Rito: Canibalismo en un tren esrilanqués

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Todo O-K-A. Nos movemos sobre raíles que no hemos construido. El tren hacia el pueblo de Ella, centro de Sri Lanka, Oceáno Índico, Lágrima de India, Isla de los mil nombres, va tan tan tan petado que los viejos arrugados nos dicen que nos sentemos donde van ellos y nos comamos sus golosinas, sus galletas, sus arrugas. Pero son viejos y a los viejos hay que dejarlos tranquilos. Entonces Joan empieza a cabecear de sueño y se arremolina a nuestros pies como un gato persa. La vieja nos mira y palmea la mesa. “Aquí, aquí”, parece que me quiere decir en un castellano de la mismísima Ciudad Rodrigo. “¿Seguro?”, amago con preguntar con las cejas. “Aquí, aquí”, vuelve a palmear la vieja.  “Stutiyi”, digo “gracias” en el poco cingalés que el cingalés me deja aprender.

Una vez estirado en la mesa, Joan duerme. Los autóctonos aprovechan para descuartizarlo, despellejarlo, freírlo; como buenos caníbales se apuntan a todo, nada desechan. Miran su pelo (aún sin piojos) y miran sus párpados. Todo se lo comen. Se lo comen todo crudo. Y yo no puedo contenerme con las miradas de amor de caníbales desconocidos.

Dora la Exploradora

Puede ser que hable la versión desestructurada de mí.
Así es, para el mundo del mañana
no habrá contemplaciones.
Te veo dormir, hijo,
y te imagino con guantes de boxeo
o con una M16 del futuro.
Y me pregunto lo siguiente:
¿necesitamos guerreros o filósofos?
¿Serás un guerrero o un filósofo?
¿Estaré yo para verlo?
Tres preguntas, no más.
Y cambio.
Te veo dormir con la boca abierta
desde la que salen tus vahos del octavo continente,
tan tierno y tan leve,
ignoras la libertad o la esclavitud
y solo memorizas lo realmente importante:
triceratops, euplocéfalo, oviraptor.
Lo demás tiene la consistencia de un seven eleven
cualquiera, pulsando las teclas de la TPV,
son siete cincuenta, por favor, ¿no tiene cambio?
Pienso en las guerras que vendrán
y temerosamente te imagino a la sombra de un ciprés de piedra,
apuntando con la honda del cartaginés o del mapuche,
vestido con pieles de animales extintos
y con tu hoyuelo reluciente cuando das en el blanco.
A mí me habrá llevado la tiña
o el dengue o los tábanos de Meteora.
Y la versión estructurada de mí me dice:
en un parque te esperaré sentado,
mirando cómo juegas con otros niños,
mientras pienso en los imbéciles padres que,
en vez de armas para el fin del mundo,
regalan a sus hijos
pelotas de Dora la Exploradora.

Rito: Kiev, zumo de naranja y vodka

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Vengo del pasado para contarte cómo olía la URSS. Pero la URSS no existe. La URSS no podía oler a nada. O si olía a algo tuvo que ser a gasolina o a infusión de tomillo. O a remolacha. O a huevo duro. O a mermelada de frambuesa. O puede que fuera a armario de abuela o a betún de los zapatos. Todo lo que suene apolillado. Que traiga el desgaste. Desintegración, desmembramiento, derrumbe, hundimiento, colapso, desunión, atomización. U-R-S-S.

Eterno peso de la historia, un imperio con el síndrome de Atlas. Si las coordenadas son exactas, estuve en Ucrania circa 2010. Yanukovich tiraba de las trenzas a Timoshenko, una pelea en el barro y calzoncillos colgados de los árboles. A mí lo que realmente me interesaba era asaltar el jodido mapa. Ucrania suponía la quinta república ex-socialista ex-soviética que yo visitaba y desde allí me marqué uno de los objetivos vitales que tienen que ver con la cartografía: antes de morirme, intentaría visitar las quince ex-rep -ex-soc. Así tendría un motivo para viajar, más allá de salir al mundo a fusilar turistas con una AK-47 en cualquier destino para, en última instancia y con la última bala, meterme el caño en la boca y ser el último en morir. Paradojas, yo también sería un turista.

Las carreteras estaban congeladas y vi algo que no creerían: una modelo ucraniana empujando un autobús con tacones. ¿Kiev? Las provisiones se limitan a un litro de zumo de naranja con un porcentaje altísimo en azúcar mezclado con una petaca de vodka. Los paseos son mareantes y los coletazos del frío de marzo se combaten con cuarenta grados de alcohol. Hay témpanos que se derriten. Agarro uno y me lo pongo en la boca como si fuera un cigarro. Esa misma noche caigo enfermo de la garganta. Me tomo una infusión de tomillo.

Fetén

Volverán las oscuras golondrinas
y se te cagarán encima, estropeándote la velada
cuando tú estés
en un patio de Sevilla capital
donde el limonero y tal y cual, ya no te haga sombra
o te pienses en el Palmar de Troya
donde tres tristes tigres no comían trigo
sino que gritaban:
“¡Me gustas cuando callas
porque te has metido en la boca mi polla!”
Jesús, Dios bendito, qué ordinariez
de sotanas blancas
de lectores inauditos
que no dejan hueco para hacer poesía
porque de bocas de fresa solo escapa
el aliento a nanas de cebolla,
un tufo, siempre hubo, de aguacero
en París
en Roma
en vete tú a saber
en Nueva York
en Castilla
en donde el diablo perdió los calzones.
Rebélome contra todo como un arma cargada de fufututuro [sic]
y clavo mis dientes en el cuello de la mar.
Parece que crecí y se murió la poesía.
Pero de pronto, metamorfosis,
me convierto en un poeta del montonazo:
He visto tus ojos más allá de las auroras
racimos de horizontes que me acompañan
en esta hora triste de las lunas secas
donde cosquillean por mi rostro las arañas.
Fetén.

Desde el algoritmo

Rimo algo cuando algoritmo
de cualquier modo me acerco a los precipicios
y miro.

Conocen el centro de lo que piensas
y te mandarán la propaganda de una lista negra.
Controlado, fíjate,
estás en el norte de la evolución.
Múdate a otro universo y explícale las matemáticas
a los enanitos verdes.

Amor hijo, amor padre, amor nieto.
Deja un mundo mejor del que te encontraste.
Todos los amores en el mismo boleto
que echa andar simultáneo hacia el muro de hormigón
y choca.

Calculan preferencias, precios, movimientos,
¿dónde estaba el mundo cuando nos incrustaron en la ecuación?

Rito: Joan y la iglesia copta

Alejandría, 2017. ¿Dónde estabas tú? La biblioteca está en llamas porque el primer pirómano de la historia decide hacer borrón y cuenta nueva. Adiós a las tablillas de arcilla, documentos de los sumerios, a la mierda los testimonios romanos, los papeles se extinguen en las llamas. Símbolo de la destrucción cultural, todos nos hemos sentido en algún momento la biblioteca de Alejandría. ¿Un decreto? ¡Toma decreto! El patriarca Teófilo de Alejandría dice “mambo” en el año 391 y los alejandrinos se revolucionan. Entre ellos, el primer terrorista anónimo.

joan y fer alejandría

Piedras de Alejandría.

Joan da pasos por la bahía de Alejandría. En la ciudad de Kavafis nos metemos en una iglesia copta y yo voy pensando (sin poder recordar con exactitud) unos versos del mismo Kavafis. El poema de “Che fece… il gran rifiuto”, que leía cuando en algún momento hice cosas sin sentido:

A algunos hombres les llega un día
en que deben el gran Sí o el gran No
decir. De inmediato se revela quién tiene
preparado en su interior el Sí, y diciéndolo
avanza en el honor y en su convicción.
Aquél que se negó no se arrepiente. Si otra vez le preguntaran,
no, diría de nuevo. Y sin embargo lo agobia
aquel no -justo- durante toda su vida.

No hacía mucho que atentaron contra los coptos en Egipto, algo que desgraciadamente pasa a menudo. Pasamos un destino común, los policías nos saludan, ustedes pueden entrar. No entiendo nada de los ortodoxos, no robo ninguna vela. Nos limitamos a sentarnos en los bancos y mirar al techo. La iglesia es luminosa. Y tú no lo sabes, Joan, pero aquí estás metido con la bendición del patriarca Teodoro II. Creo que sigues mirando los techos de por ahí con la convicción del gran Sí.

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Mayo 2017.

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Mirando el techo. Mayo, 2017.

Los persas y nuestros años favoritos

El poder del exterminio son balanzas
puestas para que las manejen los tentáculos
viscosamente firmes
de medusas
plaga de siete mares
ruedan las cabezas de los persas en Dardanelos.
Yo los veo, acaricio cráneos con cicatrices de machetazos.
Todo se vuelve canelo, hijo mío.
Vuela la rabia en pedazos atroces.
Acabo una línea discontinua de la historia para empezar otra.
¿Quién habría sido el valiente de decirle a Jerjes lo de las islas de plástico?
¿Quién, por el amor de los dioses, habría tenido el empuje de pensar en el siglo XXI?
Al lado de las Maldivas
una isla contiene
botellas, garrafas, tiburones muertos,
desechos de hotelazos,
arenales, tripas, cuarentena microbiótica,
retazos del consumo.
De vez en cuando pienso en los persas
y lo poco que pensaron ellos en nuestros años favoritos.

milesdavis

Yo solo me sabía dos canciones de jazz: Flamenco Sketches y la otra no la recuerdo.

Rito: Manneken Pis & BushBuck’91

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Bruselas, 659 a.C. Pelo largo.

Colega, la pregunta es: ¿cuántos habrán meado al lado de la estatua de menos de setenta centímetros?

Tenía unos siete u ocho años cuando jugué por primera vez al BushBuck: Global Treasure Hunter (1991). El juego era para MS-DOS, lo que hoy vendría a ser el neolítico de la informática. El objetivo del BushBuck era ir descubriendo mediante pistas una serie de tesoros escondidos. Un poncho de lana de alpaca, un sombrero shako astrohúngaro, un bloque de adobe, etcétera, etcétera, etcétera. Objetos fútiles que el jugador encontraba por el mundo.

Con unos tickets de avión limitados, el juego pudo ser el primer empuje para ir iniciándome en la cacería de estupideces. Al llegar a cada ciudad, saltaba una pantalla con una breve descripción o dato curioso. Y llegas a Bruselas y ahí está el niño meón. La nitidez del resto de ciudades se ha marchitado con los años, pero recordaba firmemente el Manneken Pis pixelado de Bruselas. POR ESO Y NO POR OTRA COSA TENÍA QUE IR HASTA LA ESTATUA, ¿OK?

bushbuck manneken

Ecosistema MS-DOS.

Bruselas es uno de los centros mundiales donde anida el mal. Me hacía mucha gracia el niño haciendo pipí en la capital del Parlamento Europeo. Casi veinte años más tarde me desplazo hasta allí. Voy a la estatua. Encuentro al enano. Me mea en la cabeza. Rito completado.