Lalo Cura

A mí pueden llamarme loco
y hacerlo de las maneras más despiadadas
pero te juro que le canté las cuarenta
a una hormigonera.

Rito: Stone-juggling Iceland

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¿Qué le dice el yo del pasado al yo del presente? Un día eras libre y te fuiste a ver cascadas. Piedras que pasan por encima de tu cabeza, alguna que te golpea. ¿Qué le dice un nihilista a otro? En buen lío me has metido. ¿Qué le dice un condenado a muerte a un condenado a vida? Viva la revolución. ¿Qué le dice zutano a mengano? Butano. ¿Qué le dice un vendedor de cocos a un vendedor piña? Piña-coco, coco-piña. ¿Qué le dice el relato a la torre? Te reto a rotar en la ruta. ¿Qué hay detrás de la cascada? Un nido de pájaros. ¿Qué velocidad alcanza el martín pescador en picado? Quinientos watios. ¿De qué minerales se componen las piedras que sostengo? Neón, xenón y waltz. ¿Cuál es el colmo de los colmos? Que un mudo le diga a un sordo que un ciego lo está espiando en la Zona. ¿Qué es la Zona? Un agujero en medio de Siberia. ¿Quiénes van a allí? Stalkers.

Paro y doy un sorbo a un capuchino.

 

Rito: soldados macedonios llegan a Varanasi

La locura siempre será relativa. Camisas de fuerza, paredes acolchadas. Lobotomía, prácticas médicas cuestionables. Un buen día, mientras cenas una de esas pizzas relativas de Varanasi, te dicen: “necesitamos europeos para que hagan de griegos”. “Narices aguileñas, pieles blancas”, pienso. ¿De griegos? ¿De griegos bailando un sirtaki?¿De griegos de Tesalónica? ¿O de griegos de Heraclión? ¿O quizá de Lesbos?

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Barca de ida.

Luis, Salva y yo dejamos nuestra cena a la mitad y, de repente, nos vemos captados por las fuerzas hindúes para grabar un fragmento en una serie documental. Nos meten en un hotel, nos presentan a la ayudante de producción y nos miden los bíceps: efectivamente, ustedes pueden pasar por griegos escuchimizados de la antigüedad (con muchas licencias). Nos prueban unos cascos incomodísimos y nos dicen: “mañana les recogemos a las cinco de la mañana en tal sitio”. Perfecto. Comienza el rito, comienza la locura.

Nos recogen a la hora prometida y cruzamos el Ganges en coche. Vamos dirección sur, hasta un embarcadero donde nos espera una barcaza (ver foto más arriba). El rodaje tiene lugar en una explanada de arena que simboliza la frontera entre Pakistán e India (?). Alejandro Magno llegó hasta allí y se cree que los Hunza son descendientes de las tropas del chavalote. Me meto en el papel: me imagino llegando en un corcel blanco con mi odre lleno de vino, asentándome en Karimabad y dedicándome al cultivo de la amapola… Nada de eso, colega. Nos meten en un barco-caravana con mil cachivaches de atrezzo  y nos dan unos trajes helénicos. Parece como si me hubieran enfundado en un guante con urticaria. El color dorado lo pintan al momento con un espray que inhalo involuntariamente. Pero no importa, lo que importa es la iniciación al rodaje documental indio. Supongo que el argumento de la serie giraba en torno a la aplastante victoria de Chandragupta sobre la posible conquista de algún caudillo macedonio.

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Afeitado macedonio. Nótese la calidad de la armadura y el diámetro del bíceps.
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Soldados macedonios amotinados en el río Hífasis, saltándose las directrices del Gran Alejandro y mezclándose con las tribus vernáculas.

El director nos pregunta si estamos listos. Estamos listos desde hace rato. Nuestra gloria consiste en correr a toda hostia doscientos metros gritando como si estuviéramos poseídos por la ira de Ares, hijo de Zeus, hijo de Hera. Salimos disparados persiguiendo a un héroe indio. “¡Corten! ¡Vuelvan a su posición!”, gritan desde lejos. Tenemos que repetir la toma tres o cuatro veces. La temperatura comienza a subir. El traje de goma se nos empieza a pegar. Joan nos mira de lejos, apela a la épica, comienza a llorar. A las dos de la tarde vuelvo a la universidad. A las cuatro de la tarde voy a dar clase de español, nivel dos. Entro en la clase y le digo a mis estudiantes: “¿sabéis dónde he estado esta mañana?”

Yo tampoco. Vivir en Varanasi significa estar inmerso en un constante estado de excepcionalidad.

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Soldados macedonios y Joan haciendo buenas migas con el protagonista (y héroe) de la serie documental. Finalmente, los desertores se instalarán en el Valle de Hunza y vivirán plácidamente comiendo uvas negras.

 

ARCIMBOLDO

Esta mañana mi cara parecía un frutero. Los párpados eran uvas pasas, la boca era una carambola, la nariz un plátano verde. Gracias, Arcimboldo.

Rito: Cazar el trópico de Capricornio

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Aquel día me despierta mi casero brasileño para decirme que me lleva a ver cómo destilan la cachaça, porque un amigo suyo trabaja allí y bla bla bla. “Tienes que venir a probar la cachaça, claro que sí, la cachaça, la mejor cachaça del Estado de São Paulo”.

Nos subimos en un Fiat Uno, con los amortiguadores ligeramente levantados. Mi casero pesa 130 kilos y el coche se ladea hacia la izquierda. Salimos de la metrópolis de São Paulo, brazos grises de carreteras, tentáculos que se entierran en los agujeros yermos del estado. Una espada, una estrella, kilómetro veintisiete, una cabeza dando vueltas alrededor de América Latina.

En el ingenio me dan un chupito de cachaça a las once de la mañana. A las once y media de la mañana me dan el segundo chupito. “Toma, prueba, dale”. Aguanto las arcadas, me arde el esófago. A las doce pruebo el tercer chupito de la mejor cachaça del estado de São Paulo. Al cuarto chupito me veo jugando un billar o sinuca (del inglés snooker), pero soy tan nefasto que me pongo a hablar de política. La conversación con los hacedores de cachaça no acaba bien porque a mí me cae simpático Lula da Silva y ellos quieren prenderle fuego con el alcohol destilado en cuatro estacas. Lula da Silva ardiendo en medio de la nada del estado de São Paulo. 

Subimos al coche y casi vomito. Pero de repente aparece el gran cartel: Trópico de Capricornio. La ubicuidad es relativa, nunca sabemos bien si estamos o no estamos. Pero la plena conciencia de estar se embebe cuando nos ponen las líneas imaginarias. Sí, estoy en el quinto carajo porque aquí pone Trópico de Capricornio. Pienso en mi hermano porque es capricornio. Y en alguna canción. Y se me cierra uno de los ojos porque la cachaça es insoportable. Y hago parar a mi casero. Y le digo que me saque una foto. Y vuelvo a casa. Y me digo a mí mismo: huye de esta ciudad.

Juggling Sigiriya

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Terrícolas, vengo a comerme los sacos de harina que tenéis en el búnker para cuando llegue el siguiente virus.

Rito: Misma sabina, distinto yo

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El Hierro.

Año 2005. En la primera foto se divisa a un joven cargado de ilusiones injertado en una sabina.

Año 2019. En la segunda foto se divisa a una sabina ilusionada cargada de un viejo injerto.

El osario

Solo resta el descanso
y si acaso el goteo de los tamarindos
los niños tiran una piedra y otra piedra
y cae la vaina loca
y la ardilla se dispara
y un cerdo se encuentra con cabras.

Me cuesta deshacerme de las ciudades
y de los mandatos originales que me lanzaron nuevos dioses.
Dominio del exterminio.
Cruzada de las atenciones.
Ya no existe línea divisoria entre las aspas de los molinos.

En mi pared hay una contraseña escrita en un papel
dos números de teléfono
una lista de hospitales
las respuestas de mis exámenes
un mapa de la India
la invitación a la fiesta de la embajada.

Voy despegando cada papel en busca del sustrato que pueda haber debajo.
Y no encuentro nada.
La casa se empieza a vaciar como un osario
donde la vida se resume en los primeros pasos de mi hijo.

Rito: Canibalismo en un tren esrilanqués

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Todo O-K-A. Nos movemos sobre raíles que no hemos construido. El tren hacia el pueblo de Ella, centro de Sri Lanka, Oceáno Índico, Lágrima de India, Isla de los mil nombres, va tan tan tan petado que los viejos arrugados nos dicen que nos sentemos donde van ellos y nos comamos sus golosinas, sus galletas, sus arrugas. Pero son viejos y a los viejos hay que dejarlos tranquilos. Entonces Joan empieza a cabecear de sueño y se arremolina a nuestros pies como un gato persa. La vieja nos mira y palmea la mesa. “Aquí, aquí”, parece que me quiere decir en un castellano de la mismísima Ciudad Rodrigo. “¿Seguro?”, amago con preguntar con las cejas. “Aquí, aquí”, vuelve a palmear la vieja.  “Stutiyi”, digo “gracias” en el poco cingalés que el cingalés me deja aprender.

Una vez estirado en la mesa, Joan duerme. Los autóctonos aprovechan para descuartizarlo, despellejarlo, freírlo; como buenos caníbales se apuntan a todo, nada desechan. Miran su pelo (aún sin piojos) y miran sus párpados. Todo se lo comen. Se lo comen todo crudo. Y yo no puedo contenerme con las miradas de amor de caníbales desconocidos.

Dora la Exploradora

Puede ser que hable la versión desestructurada de mí.
Así es, para el mundo del mañana
no habrá contemplaciones.
Te veo dormir, hijo,
y te imagino con guantes de boxeo
o con una M16 del futuro.
Y me pregunto lo siguiente:
¿necesitamos guerreros o filósofos?
¿Serás un guerrero o un filósofo?
¿Estaré yo para verlo?
Tres preguntas, no más.
Y cambio.
Te veo dormir con la boca abierta
desde la que salen tus vahos del octavo continente,
tan tierno y tan leve,
ignoras la libertad o la esclavitud
y solo memorizas lo realmente importante:
triceratops, euplocéfalo, oviraptor.
Lo demás tiene la consistencia de un seven eleven
cualquiera, pulsando las teclas de la TPV,
son siete cincuenta, por favor, ¿no tiene cambio?
Pienso en las guerras que vendrán
y temerosamente te imagino a la sombra de un ciprés de piedra,
apuntando con la honda del cartaginés o del mapuche,
vestido con pieles de animales extintos
y con tu hoyuelo reluciente cuando das en el blanco.
A mí me habrá llevado la tiña
o el dengue o los tábanos de Meteora.
Y la versión estructurada de mí me dice:
en un parque te esperaré sentado,
mirando cómo juegas con otros niños,
mientras pienso en los imbéciles padres que,
en vez de armas para el fin del mundo,
regalan a sus hijos
pelotas de Dora la Exploradora.